Confinamiento- parte I

En esta oportunidad comenzaré con un cuento que empezé a escribir hace un par de años y que deje de lado por tiempo, y nunca lo terminé.
Ahora, me voy a dar el tiempo de continuarlo y terminarlo a medida que vaya escribiendolo en este espacio.
Debo decir que el tema de este cuento está inspirado en muchas cosas que he leído y la idea principal, nació una mañana cuando cme dirigia la casa de mi madre y vi una situación que es descrita en una parte de la historia que me dejó con la inquietud de que ¿que pasaría si...?
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El recorrido era habitual. Me sabía el camino de memoria. Todas las noches a la misma hora salía a recorrer esos parajes y nunca me imagine que gusto en ese lugar existía un camino que conducía a esa comarca de eterno confinamiento, y cuando digo eterno es porque absolutamente nadie jamás había salido de ese lugar.
Pobres, adinerados, sicóticos, pervertidos, e incluso gente inocente plagaba el lugar, y deambulaba por pasillos y salones de soledad e infinita desesperación.
Esa noche, especialmente, me llamo mucho la atención aquel espeluznante edificio, porque, a pesar de que como ya mencione anteriormente, estaba de paso por el camino que habitualmente tomaba, no lo había visto jamás..
Por qué ese día, no lo se. Es muy probable que las fuerzas del destino me hayan llevado a conocerlo, si se puede decir eso porque en realidad más que conversación, fue un monólogo desesperado y vacío, reiterativo como una mala obra de teatro que se repite sin sentimientos, plagado de ecos y sombras amargas y perturbadoras.
No recuerdo si yo llegue donde el o el se acerco a mi en aquel lúgubre edificio. Me escabullí por un lugar oscuro y frío llegando a un amplio salón, sombrío y desdichado, fétido y rebosante de sombras y recuerdos de su tortuoso pasado.
Ahora que lo pienso, no estoy muy seguro de que me hablara a mi, porque además de dar vueltas por el inmenso salón se expresaba de forma monótona, repasando la fatídica historia una y otra vez, tratando de comprender quizás en qué se había equivocado, que había fallado para terminar en ese amargo y decadente presidio.
En el momento que llegué hablaba como en voz baja algo casi imperceptible y no entendí lo que decía. Luego calló y después de al menos treinta segundos de silencio comenzó a hablar nuevamente.
Me acerqué lo más que pude, porque a pesar de la terrible sugestión que el lugar me provocaba, me sentía misteriosamente atraído por lo que me tenía que decir y movido por una morbosa curiosidad, me instale, de modo que finalmente daba vueltas alrededor mío. Provocando una y otra vez una sensación de desasosiego y escalofríos agobiantes cada vez que pasaba detrás mío.




