domingo, mayo 06, 2007

Confinamiento II


Las palabras iban saliendo pronunciadas sin sentimientos, inexpresivas y monótonas. Su tono era pasivo, como la de un chiquillo de cinco años que saluda medio dormido en la mañana. A ratos se quedaba callado, como imaginando el momento en que todo había ocurrido, y ahí justo en ese momento lloraba desesperadamente y su llanto sonaba estrepitosamente en el salón. Ese era el único momento en que la habitación se hacía presente con un eco estremecedor, puesto que cuando hablaba, las palabras eran secas, como si el edificio estuviera cansado de oírlo por todo este tiempo, que nunca dijo en realidad cuanto era, puesto que al parecer mi presencia en el lugar pasaba totalmente inadvertida.

Hubo un silencio y recomenzó la estrofa diciendo:

-“te extraño mucho, no sabes cuanto, pero te juro que no puedo recordar tus manos. Esas manos que tantos años tomaron las que ya no existen, se me adormecieron con el frío, creo yo. Pero tu rostro no lo olvido y no sabes cuanto deseo que ese día las cosas hubieran sido distintas… celos solo son celos. Y tus celos desencadenaron el huracán de mis pasiones dormidas. Siempre lo mismo insegura desde el primer momento. Que te vieron aquí, que te vi con ésta, que ¿por qué llegas temprano, acaso no estabas trabajando?, que ¿por qué llegas tarde, donde pasaste después del trabajo? Ese día lamentablemente exploté. Muchas veces discutimos lo mismo. Pero ese día era propicio para que sucediera la hecatombe.

El aire saturado de una humedad que te inundaba los pulmones de una frescura mañanera, el suelo bañado de la grisácea resaca de la lluvia nocturna, el cielo oscurecido por la amenaza estacionaria de agosto y ese fatídico golpe el la puerta que daba a la calle desde el patio trasero una y otra vez que perforaba sin compasión mi torturada cabeza.