Sueño
Eran alrededor
de las 11 de la mañana de un soleado día primaveral. Me encontraba en Santiago
vestido con tenida formal y preparado para una entrevista de trabajo. Era un
edificio de oficinas y mi reunión se iba a dar a cabo en uno de los pisos altos
del lugar. Por alguna extraña razón tenía la impresión de que el trabajo al que
postulaba era importante por solo el hecho de que sería conferenciado en los
pisos superiores y no en los inferiores. Luego me di cuenta que era una
estupidez.
Posterior a la
entrevista y al bajar a un lobby atiborrado de secretarias y postulantes a
varios trabajos me encontré con una hermana de mi padre. Me invitó cordialmente
a su casa a almorzar y al acceder salimos del lugar conversando acerca cuál era
el asunto que requería cada una de nosotros en aquel edificio.
A medida que nos
acercábamos al estacionamiento recuerdo que le hacía énfasis en el hecho que
dado mi título profesional mi entrevista se había llevado a cabo en los pisos
altos de la torre, lo que sonaba interesante en el momento pero cada vez me
convenzo más de que era en realidad una estupidez.
Salió ella del
estacionamiento sola. Habíamos acordado que me subiría en la esquina para
evitar complicaciones que en su momento me parecieron lógicas pero que en el
fondo era más que nada comodidad para ella y el acompañante.
Al llegar a la
esquina, me subí al vehículo el cual era un Citroen de los años 80 color verde
claro y metálico de 3 puertas, que se mantenía en buenas condiciones.
Luego de
conducir por un rato y conversar de trivialidades observamos con asombro que por
el lado izquierdo del camino una enorme nube de tonalidades verdes venía
avanzando a poco más de dos kilómetros de distancia de nosotros rodeada de una
horda de moscas, lo que nos provocó una nauseabunda sensación y desagradable
sorpresa acompañado de inseguridad y temor por nuestra suerte ya que avanzaba a
gran velocidad.
No acabábamos de
digerir semejante espectáculo de espanto cuando observamos un objeto que volaba
al poniente de la nube. El objeto metálico era claramente a nuestros ojos algún
tipo de artefacto autónomo de suspensión aérea que al parecer comandaba la
tóxica nube que rodeaba todo a su paso. Éste contaba con un cuerpo principal
cilíndrico acompañado de alas en semicírculo a ambos lados cuyas terminaciones
hacían parecer la base de un helicóptero. Claramente no era un objeto
convencional que hubiéramos visto con anterioridad ni en los mejores
espectáculos cinematográficos que hubiéramos presenciado, pero que no dejaba
claro si era terrestre o no.
Finalmente
llegamos a casa, donde el ánimo se encontraba por el suelo. Las noticias de la
infección que había provocado en la población, que no era en su totalidad, se
sabía claramente y la resignación se había apoderado de todos.
Por alguna razón
que desconocía acaecía dos tipos de reacción a esta nube tóxica que había
afectado a las personas del lugar. Una de ellas era la clara mutación física y
psicológica que provocaba una tremendo deseo por consumir carne humana y la
otra era una horrible infección que hacía que las personas que la padecían se
fueran pudriendo rápidamente anidando en las yagas colonias de asquerosas
moscas que se iban alimentando de los residuos de tal enfermedad.
Por alguna razón
mi esposa llegó luego de un par de horas al lugar donde me encontraba, y con
cara de resignación me miraba triste comprendiendo que nuestro fin había
llegado y que moriríamos en cualquier momento presa de la leprosa infección que
afectaba a mi tía y a su esposo o a manos de quienes se estaban alimentando de
sus congéneres.
A sabiendas de
que gran parte de la población estaba afectada de esta inusual y apocalíptica
catástrofe y que nadie estaba a salvo de una u otra consecuencia de la nube
invasora, y dado el hecho de que ni yo ni mi señora presentábamos síntomas de
lo uno ni de lo otro, me aventuré a salir a buscar alguna patrulla de
carabineros que se encontrara a la deriva cuyos ocupantes hubieran sido presa
de la infección y me permitiera sustraer de sus cuerpos algún tipo de armamento
que me permitiera llevar a cabo la ardua y desesperada tarea que me aquejaba
punzantemente. La búsqueda de mi hija.
Mientras vagaba
rápidamente por las calles pude observar claramente a personas ya fallecidas
producto de la infección que le carcomía las carnes acompañadas de los alados
insectos, cosa que no era tan terrible, ya que mi estómago no era susceptible a
ese tipo de espectáculos. Lo impresionante llegó cuando me vi obligado a
atravesar un parque de altos prados donde gentes en evidente estado de
putrefacción luchaban por obtener un bocado de unos y de otros y de donde
aparte de este dantesco escenario el suelo se encontraba regado de miembros y
partes varias de no muy clara procedencia, pero sí notoriamente humanas a medio
comer en cantidades descomunales.
Esto si produjo
el efecto adrenalínico que necesitaba logrando de esta forma sortear hábilmente
este campo de terror para llegar al otro lado donde había una plazoleta con
muchas personas intentando observar lo que acontecía al lado opuesto de donde
yo me encontraba.
Un grupo
numeroso de efectivos de fuerzas armadas intentaba controlar la población que
aún tenía condiciones y fuerzas para mantenerse a la expectativa de lo
sucedido, que a duras penas atravesé llegando hasta una línea marcada en el
suelo hasta donde caminaba desde el otro extremo de donde yo había llegado un
grupo de civiles a los que extrañamente no había afectado, por alguna razón que
desconocía de momento, la invasora nube tóxica.
En ese momento
entendí que el punto, era de reunión de los dos tipos de personas que
habitábamos la región en ese momento. Los que estábamos del lado de los
infectados, entre los que habíamos gente que a pesar de estar expuestos a la
toxina, si se puede describir así, y los que no habían sido expuestos que
estaban debidamente resguardados por el ejército.
No tengo claro
si el objetivo era que nosotros los viéramos a ellos o que ellos nos vieran a
nosotros en una suerte de infortunado zoológico donde una de ambas partes era
exhibida y la otra era la observadora.
Entre la
multitud que se encontraba sana logré ver con gran satisfacción que mi hija se
encontraba allí vestida con su elegante abrigo blanco y su característico
peinado de igual clase, lo que provocó que las lagrimas inundaran mis ojos y
que mi corazón se llenara de regocijo, ya que se encontraba bien y del lado de
los no expuestos a la infección.
A pesar de que
el contacto físico estaba prohibido, mi mujer se arrodilló en el suelo y
arregló el cuello del blanco abrigo de nuestra hija justo en el borde de la
línea que nos separaba. En ese momento una estridente chicharra rompió el
constante murmullo de las personas que se agrupaban en dos bandos y un
uniformado de alto rango exclamó con aires de alarma y grandeza que el contacto
estaba prohibido indicando que una acción más de este tipo y el actual
acercamiento vigilado quedaría abolido, acción seguida de una marca en una
pared cercana que indicaba que se había roto la cuarentena pero que aún no
había peligro para los no infectados, sino en forma de última advertencia.
Se alejaron con
evidentes rostros de pena al ver a sus familiares y amigos en evidente condena
producto de la desconocida para nosotros nube que nos había inundado. Mientras
nosotros los observábamos caminar lentamente a su salvo refugio esperando
encontrarlos en alguna otra afortunada ocasión. Personalmente me sentí
satisfecho de haberla encontrado sana y salva pensando en quien la cuidaba de
ese lado. Quien le daba sus mimos de niña y le indicaba como debía ser el
comportamiento de una niña correcta. Quien se aseguraba que durmiera cómoda y
cálida y quien le enseñaba ahora cosas triviales e interesantes. Quien le
abastecería de dulces de cuando en vez y quien la vería convertirse en una
mujer.
Una vez
desaparecido de nuestras vistas mi meta era otra.
Volviendo a
recorrer las calles de la condenada ciudad observaba personas que se armaban
como podían, con palos, fierros, armas de fuego e incluso herramientas de
trabajo cotidiano.
Yo caminaba
buscando nuevamente alguna arma para proteger a mi esposa y a mí hasta el
momento en que inevitablemente sucumbiéramos de una u otra forma a la terrible
plaga.
