martes, diciembre 18, 2012

Sueño


Eran alrededor de las 11 de la mañana de un soleado día primaveral. Me encontraba en Santiago vestido con tenida formal y preparado para una entrevista de trabajo. Era un edificio de oficinas y mi reunión se iba a dar a cabo en uno de los pisos altos del lugar. Por alguna extraña razón tenía la impresión de que el trabajo al que postulaba era importante por solo el hecho de que sería conferenciado en los pisos superiores y no en los inferiores. Luego me di cuenta que era una estupidez.

Posterior a la entrevista y al bajar a un lobby atiborrado de secretarias y postulantes a varios trabajos me encontré con una hermana de mi padre. Me invitó cordialmente a su casa a almorzar y al acceder salimos del lugar conversando acerca cuál era el asunto que requería cada una de nosotros en aquel edificio.

A medida que nos acercábamos al estacionamiento recuerdo que le hacía énfasis en el hecho que dado mi título profesional mi entrevista se había llevado a cabo en los pisos altos de la torre, lo que sonaba interesante en el momento pero cada vez me convenzo más de que era en realidad una estupidez.

Salió ella del estacionamiento sola. Habíamos acordado que me subiría en la esquina para evitar complicaciones que en su momento me parecieron lógicas pero que en el fondo era más que nada comodidad para ella y el acompañante.
Al llegar a la esquina, me subí al vehículo el cual era un Citroen de los años 80 color verde claro y metálico de 3 puertas, que se mantenía en buenas condiciones.

Luego de conducir por un rato y conversar de trivialidades observamos con asombro que por el lado izquierdo del camino una enorme nube de tonalidades verdes venía avanzando a poco más de dos kilómetros de distancia de nosotros rodeada de una horda de moscas, lo que nos provocó una nauseabunda sensación y desagradable sorpresa acompañado de inseguridad y temor por nuestra suerte ya que avanzaba a gran velocidad.

No acabábamos de digerir semejante espectáculo de espanto cuando observamos un objeto que volaba al poniente de la nube. El objeto metálico era claramente a nuestros ojos algún tipo de artefacto autónomo de suspensión aérea que al parecer comandaba la tóxica nube que rodeaba todo a su paso. Éste contaba con un cuerpo principal cilíndrico acompañado de alas en semicírculo a ambos lados cuyas terminaciones hacían parecer la base de un helicóptero. Claramente no era un objeto convencional que hubiéramos visto con anterioridad ni en los mejores espectáculos cinematográficos que hubiéramos presenciado, pero que no dejaba claro si era terrestre o no.

Finalmente llegamos a casa, donde el ánimo se encontraba por el suelo. Las noticias de la infección que había provocado en la población, que no era en su totalidad, se sabía claramente y la resignación se había apoderado de todos.

Por alguna razón que desconocía acaecía dos tipos de reacción a esta nube tóxica que había afectado a las personas del lugar. Una de ellas era la clara mutación física y psicológica que provocaba una tremendo deseo por consumir carne humana y la otra era una horrible infección que hacía que las personas que la padecían se fueran pudriendo rápidamente anidando en las yagas colonias de asquerosas moscas que se iban alimentando de los residuos de tal enfermedad.

Por alguna razón mi esposa llegó luego de un par de horas al lugar donde me encontraba, y con cara de resignación me miraba triste comprendiendo que nuestro fin había llegado y que moriríamos en cualquier momento presa de la leprosa infección que afectaba a mi tía y a su esposo o a manos de quienes se estaban alimentando de sus congéneres.

A sabiendas de que gran parte de la población estaba afectada de esta inusual y apocalíptica catástrofe y que nadie estaba a salvo de una u otra consecuencia de la nube invasora, y dado el hecho de que ni yo ni mi señora presentábamos síntomas de lo uno ni de lo otro, me aventuré a salir a buscar alguna patrulla de carabineros que se encontrara a la deriva cuyos ocupantes hubieran sido presa de la infección y me permitiera sustraer de sus cuerpos algún tipo de armamento que me permitiera llevar a cabo la ardua y desesperada tarea que me aquejaba punzantemente. La búsqueda de mi hija.

Mientras vagaba rápidamente por las calles pude observar claramente a personas ya fallecidas producto de la infección que le carcomía las carnes acompañadas de los alados insectos, cosa que no era tan terrible, ya que mi estómago no era susceptible a ese tipo de espectáculos. Lo impresionante llegó cuando me vi obligado a atravesar un parque de altos prados donde gentes en evidente estado de putrefacción luchaban por obtener un bocado de unos y de otros y de donde aparte de este dantesco escenario el suelo se encontraba regado de miembros y partes varias de no muy clara procedencia, pero sí notoriamente humanas a medio comer en cantidades descomunales.

Esto si produjo el efecto adrenalínico que necesitaba logrando de esta forma sortear hábilmente este campo de terror para llegar al otro lado donde había una plazoleta con muchas personas intentando observar lo que acontecía al lado opuesto de donde yo me encontraba.

Un grupo numeroso de efectivos de fuerzas armadas intentaba controlar la población que aún tenía condiciones y fuerzas para mantenerse a la expectativa de lo sucedido, que a duras penas atravesé llegando hasta una línea marcada en el suelo hasta donde caminaba desde el otro extremo de donde yo había llegado un grupo de civiles a los que extrañamente no había afectado, por alguna razón que desconocía de momento, la invasora nube tóxica.

En ese momento entendí que el punto, era de reunión de los dos tipos de personas que habitábamos la región en ese momento. Los que estábamos del lado de los infectados, entre los que habíamos gente que a pesar de estar expuestos a la toxina, si se puede describir así, y los que no habían sido expuestos que estaban debidamente resguardados por el ejército.

No tengo claro si el objetivo era que nosotros los viéramos a ellos o que ellos nos vieran a nosotros en una suerte de infortunado zoológico donde una de ambas partes era exhibida y la otra era la observadora.

Entre la multitud que se encontraba sana logré ver con gran satisfacción que mi hija se encontraba allí vestida con su elegante abrigo blanco y su característico peinado de igual clase, lo que provocó que las lagrimas inundaran mis ojos y que mi corazón se llenara de regocijo, ya que se encontraba bien y del lado de los no expuestos a la infección.

A pesar de que el contacto físico estaba prohibido, mi mujer se arrodilló en el suelo y arregló el cuello del blanco abrigo de nuestra hija justo en el borde de la línea que nos separaba. En ese momento una estridente chicharra rompió el constante murmullo de las personas que se agrupaban en dos bandos y un uniformado de alto rango exclamó con aires de alarma y grandeza que el contacto estaba prohibido indicando que una acción más de este tipo y el actual acercamiento vigilado quedaría abolido, acción seguida de una marca en una pared cercana que indicaba que se había roto la cuarentena pero que aún no había peligro para los no infectados, sino en forma de última advertencia.

Se alejaron con evidentes rostros de pena al ver a sus familiares y amigos en evidente condena producto de la desconocida para nosotros nube que nos había inundado. Mientras nosotros los observábamos caminar lentamente a su salvo refugio esperando encontrarlos en alguna otra afortunada ocasión. Personalmente me sentí satisfecho de haberla encontrado sana y salva pensando en quien la cuidaba de ese lado. Quien le daba sus mimos de niña y le indicaba como debía ser el comportamiento de una niña correcta. Quien se aseguraba que durmiera cómoda y cálida y quien le enseñaba ahora cosas triviales e interesantes. Quien le abastecería de dulces de cuando en vez y quien la vería convertirse en una mujer.

Una vez desaparecido de nuestras vistas mi meta era otra.

Volviendo a recorrer las calles de la condenada ciudad observaba personas que se armaban como podían, con palos, fierros, armas de fuego e incluso herramientas de trabajo cotidiano.
Yo caminaba buscando nuevamente alguna arma para proteger a mi esposa y a mí hasta el momento en que inevitablemente sucumbiéramos de una u otra forma a la terrible plaga.